¡Qué no cunda el pánico! Nuestro premio San Pancracio seguirá siendo el mismo de siempre, pero hace unas semanas encontré esta imagen del santo y me apetecía ponerla para proclamar los candidatos de junio de 2010, un hombre y una mujer, unidos en la distancia por su lucha por la libertad aún a costa de su vida. Y, para los discrepantes, siempre queda la opción de declarar desierta la convocatoria. Nuestros candidatos son:
Regina Otaola, por su lucha por las libertades en el País Vasco.
Guillermo Fariñas, por su reivindicación de la democracia y libertad para Cuba sin exclusiones.
Muchas gracias a todos por participar. Las votaciones, en la esquina superior derecha, en la encuesta.
Ceferino Suárez de los Ángeles recoge en Relatos del corazón (Ediciones Azucel) una serie de vivencias de su vida sacerdotal de un hombre profundamente comprometido con Cristo y con los más necesitados. La verdad es que el título del libro sólo hace justicia al contenido en parte. Puesto que, aunque el contenido sale del corazón, más que relatos son impresiones, vivencias anécdotas, microrelatos.
Un libro que enseña a mirar la vida de una manera que será más humana, más sencilla, más hermosa.
Es suficiente una gran fotografía para fijarse en un escaparate del que se conoce la calidad de sus productos desde el primer día que se abrió, pero que siempre es igual. En cierta manera, se puede explicar como un árbol que, con las mismas ramas y hojas, compone paisajes diferentes en función de la luz y el viento.
Lo foto es un hito, el punto de atracción de la gran composición visual del escaparate. Un sencillo zapato de tacón con una gran carga emocional. Las copas que podemos llenar, los placeres a los que podemos emocionar.
Tan sólo suavizaría esos dos focos antes de entregarme a la invitación al placer que, de forma casual, encontré por las calles de Avilés.
Éramos unos críos gritando en Santa María del Mar cuando Maceda saltaba y, con un cabezazo, metía un gol a Alemania que abría el camino de España para la final del Europeo que se perdió en París en una extraña combinación de la magia de Platini y el único error que se recuerda a Arconada. Lástima de Jabulani. Todos gritábamos de alegría cuando Julio sentenció: "Joder, otra fecha histórica para recordar" para soltar a continuación todos los goles históricos que, hasta el momento, había marcado España.
El 7 de julio de 2010 añade una línea más a los deseos de un país que vive con pasión el fútbol y ve como se acerca el momento de terminar con la pertinaz sequía de triunfos. Y, nuevamente, fue un defensa, Puyol, con el partido agonizante, el que llevó al equipo a la gloria. Hasta aquí la historia se escribe de forma paralela. Llega el momento de diferenciarse y, el próximo domingo, poder cantar la victoria definitiva. Cierto es que, en aquella Eurocopa, Alemania le había metido un buen baño a España, algo que ayer no sucedió.
Pase lo que pase, como cantan los del Sporting, ya nadie nos podrá quitar la ilusión, la alegría. Avilés fue durante el partido una ciudad desierta para después explotar en alegría y gritos, ilusión y fecilidad.
Por unos minutos nos olvidamos de la realidad. Ignoramos un gobierno incompetente, una economía en ruinas, unas leyes homicidas, una oposición incapaz. Nos olvidamos de todo para gritar soy español, soy español, soy español. Y hoy, de nuevo, en la cola del paro, esperando la regulación de empleo o viviendo el día a día con angustia los españoles podrán sonreír gracias a los sueños que once bajitos en pantalón corto alimentan.
Mi tía Berta siempre me dijo que me prefería ver con un libro entre las manos que jugando con un balón. A ella le debo buena parte de mi afición a la lectura y a los libros. Sin embargo, uno es español y dedicó parte de sus juegos de infancia a eso de la pelota y el fútbol. Torpe y miope enseguida descubrí que no tenía más futuro que el placer en el juego. Y allí quedó mi historia balompédica, un deporte que, por vetarme sus puertas, nunca me atrajo demasiado.
No entiendo las pasiones por los equipos, aunque, al margen de cuestiones profesionales, reconozco haber visto media docena de partidos del Real Avilés Industrial y también el Alemania-Austria del Mundial 82. Ese día confirmé, después de haber animado todo el partido a Argelia y pedir a gritos el beso de los novios, además de increpar a un negro que se parecía a Pelé y andaba por el palco, que el fútbol no era lo mío. Y, cuando los argelinos salían de El Molinón gritando "Gracias España" bajo su bandera tricolor me emocioné, descubriendo la belleza que también se esconde detrás de las injusticias.
Todo esto viene porque hoy, como todos los españoles, vivo con el corazón en un puño pensando qué puede pasar en la semifinal del Mundial. Me gustaría que ganasen, desde luego, pero todo, sobre todo, que hagan lo que hagan que sea con la cabeza bien alta, sin rendirse, invocando al buen fútbol que, de vez en cuando, entra en el salón de casa y provoca que uno cierre el libro para ver la televisión y gritar: "Villa, Villa, maravilla".
No me gusta el burka. La primera vez que lo ví, me impresionó ese bulto negro que oculta lo que lleva y le concede una visible invisibilidad, oculta ante la sociedad a una persona al tiempo que se subraya que no es una persona, sino un objeto con un propietario que lo guía y ordena.
No me gusta el burka, pero tampoco me gusta que se prohíba. Estamos prohibiendo un símbolo religioso y cultural. Cuando lo vetamos, aceptamos la misma lógica que impide que yo lleve un crucifijo en Arabia Saudita, pues va contra sus creencias y culturas. Convertimos un valor humano en un sujeto de la dictadura del número implícita en todas las democracias. Y uno piensa que en esta vida hay valores que están por encima de los números y las mayorías. Hoy prohibimos el burka y, mañana, ¿qué?
No me gusta prohibir. Y más cuando existen normas en nuestro país que establecen el marco de convivencia. Para realizar la fotografía del Documento Nacional de Identidad hay que identificarse perfectamente. Y eso sirve para todo el mundo, sin distinción de raza, religión o cultura. Y, a requerimiento de las autoridades, hay que poder identificarse. Sin ningún tipo de discriminación.
Son las normas del juego, normas válidas para todos. Y, si alguna persona no las quiere, ya sabe, que cambie de equipo. O que las respete y acate mientras genera un consenso necesario para modificarlas.
Ayer fue un día complicado y no tuve tiempo a esta entrada, la que marca la apertura de presentación de candidatos para los premios San Pancracio, en este caso de junio de 2010.
Mi propuesta es Regina Otaola, una mujer valiente y que se merece el reconocimiento y aplauso de todos los demócratas por su ejercer la alcaldía en Lizarza.
Espero vuestras propuestas a lo largo de la semana.
De las diferentes afirmaciones que uno ha leído a raíz de la muerte del profesor José María Martínez Cachero me quedo con una: el notario de las letras. Es una forma de describir el rigor y la exactitud que aporta en sus libros que uno, como modesto doctorando en Literatura, consulta con frecuencia. Cachero es un geógrafo de la literatura española que ha definido con exactitud los ríos, montañas y valles por los que ha navegado.
Será su aportación a la cultura. Pero tampoco se puede olvidar su exquisita educación con todo el mundo, su pasión divulgadora de la cultura, su voluntad de servicio público, su espíritu laborioso.
El profesor Cachero es un ejemplo de la mejor tradición de la Universidad española. Su recuerdo siempre será un aliciente para todo el mundo, incluso para quienes sólo lo tratamos en la distancia.
Es una fotografía, de un día oscuro y nublado que, en la pantalla del ordenador, casi parece convertirse en un paisaje de un impresionista, dominada por la niebla y la bruma, jugando con la hermosa luz de Asturias.
No deja de ser una bella metáfora de la vida en la que aspirando a una realidad, encuentras otra. Y, en la ficción, en la literatura, descubres las verdades que te impulsan a caminar, que te ayudan a respirar.
Es la imagen para una semana de nostalgias y deseos, ilusiones y fantasías. Y, siempre, siempre, amor.
Paraguay-España, una de esas citas con la historia donde soñamos con la victoria y aguardamos la derrota como otras tantas veces. Aunque, tal vez por lo que sucedió en Austria, por el talento de los jugadores, existe el convencimiento de que esta vez no será así y tendremos otros dos partidos más en el Mundial de Fútbol.
Pase lo que pase, la selección española ha logrado que el país pierda el miedo a su bandera, a sus símbolos nacionales. Ya no es facha decir ¡España!, ya no es facha levantar la bandera. Caminas por cualquier ciudad y ves banderas en bares y en viviendas. El fútbol ha terminado con el secuestro de la bandera por unos pocos y ahora vuelve a ser de todos. A golpe de tiki-taca vencemos nuestros complejos y derrotamos a los fantasmas de nuestra historia.
Nunca te acostarás sin saber nada nuevo. Ayer descubrí que los limones de León son especiales. Aún no sé el motivo.
Me encanta el cartel. Saber que aún perpive la cartulina y el rotulador en estos tiempos tan informáticos, el recurso al limón y el expremidor para la D. Entran ganas de llevarse uno.
También pensé en la Princesa de los Marcapáginas, leyendo a la sombra y disfrutando de una limonada.
Juan Manuel Cotelo es el director de La última cima, el documental de 102 minutos sobre la vida del sacerdote Pablo Domínguez Prieto, fallecido en 2009 mientras hacía montañismo. El filme revoluciona el mercado cinematográfico español por varios motivos. Además de no recurrir a subvenciones (sí, se puede hacer cine sin subvenciones), la pelicula se distribuye en dvd (con lo que se reduce considerablemente los costes) y sólo se estrena por petición de personas interesadas en verla. De esta manera, se ha colocado entre las películas más vistas del país. Entre el 7 y el 13 de junio de este año, según el Ministerio de Cultura, es la tercera película más taquillera de la semana.
La película cuenta la vida de Pablo Domínguez sin recurrir a la narración biográfica pura y dura. Es un documental fresco, en ocasiones divertido y que rompe los esquemas de comunicación de la Iglesia que, en ocasiones, pecan de rígidos. A través de testimonios de quienes lo conocieron, y también con la voz del homenejado, se construye un mosaico sobre un sacerdote ejemplar. Es un filme emocionante, hermoso donde, queriendo hablar de una única persona, se termina trazando un cuadro vivo y actual de la Iglesia en España, de su rostro actual. Al final, se termina hablando y pensando profundamente en Dios y en Cristo, en su mensaje para la humanidad y el papel de los sacerdotes en la tierra.
Personalmente, lo único que no me gustó fue el recurso constante a los primeros planos. Al salir de la sala, cualquier persona tiene la experiencia de haber conocido a Pablo Domínguez, de haber sido amigo de él, de haber participado en una fuerte vivencia cristiana.
Estoy seguro que, en el Cielo, Domínguez tratará de preguntar al Padre si era necesario que él fuese el protagonista...
Desde hace bastante tiempo, la derecha social y política de este país tiene ganas de apretar al movimiento sindical, hacer un ajuste como los años duros del tacherismo y dejarlo poco menos que descabezado y sin poder. Siendo un elemento imprescindible para la defensa de los derechos de los trabajadores, la verdad es que los sindicatos contribuyen de buena manera a generar esa mala imagen. Sirva como ejemplo lo sucedido en la huelga del Metro de Madrid.
Y no por ejercer su derecho o protestar por una bajada salarial. El problema ha sido el incumplimiento de los servicios mínimos, que ni se llegaron a recurrir. Nuestro sistema es el que es y en él se plantea la existencia del poder judicial para resolver esos conflictos. Y, si no te gustan los servicios mínimos, los denuncias y acatas la sentencia. Estoy convencido de que existen argumentos suficientes para resolver esa situación. Más cuando un huelga se convoca con diez días de antelación. Las reglas del juego se establecen para evitar que esto sea la jungla, que es lo que quiere la derecha: que riga la ley del más fuerte, la que marcan ellos.
Es lo que pienso y ayer lo defendía en amable conversación con unos amigos. Hay que respetar las normas y acudir a la justicia. Mi posición era tan minoritaria que era él único que la defendía. Ya estoy acostumbrado a ello. Pero lo mejor fue la medalla que me colgó uno de los contertulios: "Eres un intransigente". Y me encanta serlo, lástima que no se lo dijese entonces como ahora lo escribo.
Este uno de julio se nota en nuestros bolsillos por la subida del Impuesto del Valor Añadido, el popular IVA. En algunos sumercados, como Eroski y Lidl, ya han anunciado que no repercutirán su incremento en los precios finales. ¿Milagro? No, yo creo que no, porque entre lo que se ahorran en publicidad y los costes secretos de la transición al euro la mayor parte de las empresas cuentan con margen suficiente para asumir esa incremento de la presión fiscal.
¿Acaso hemos olvidado lo que pasó en este país cuando llegó el euro? El día 31 de diciembre pagábamos por un café 100 pesetas y, al día siguiente, o a los dos, nos pedían otra monedita, de un cospel parecido: 1 euro. ¡¡Qué fácil!! Pero esa transición significaba pagar 166,386 pesetas (si no me equivoco) por lo que antes nos contaba 100 pesetas con el mismo servicio y, posiblemente, un poco de mala leche por lo complicado que era entender la nueva moneda. Estamos hablando de un incremento del 66,38%, un margen suficiente y, aunque ha llovido desde entonces, la inflación aún no se ha comido el margen que se añadió al que ya existía, pues no creo que con los veinte duros pre-euro esa cafetería de la esquina estuviese en números rojos.
O sea, que es el momento para asumir un IVA patriótico. Y, nosotros, los asalariados, a consumir.