lunes, 30 de marzo de 2026

Sirât, instrucciones de uso

 


Sirât (Oliver Laxe, 2025) no es una película sencilla de ver. La mejor manera es leerla, más que afrontarla en la pantalla. Si lees lo que dicen de ella, verás una película que, posiblemente, no encuentres en la pantalla, pero te sentirás como uno más de los elegidos, como partícipe de la fiesta. ¿Es una crítica a la película? Más que a la película al proceso de aceptación en sí, a las bolas que se forman y van creciendo según rueda. Un ejemplo, Valle-Inclán nunca se definió como católico, feo y sentimental. Aunque no he leído a todo Valle, en lo que he hecho es la descripción del Marqués de Bradomín, no del autor. Aunque (y ya van dos seguidos) me queda por encontrar un fragmento donde el autor se identifique plenamente con su criatura. Así, que, por favor, respetemos, los códigos de lectura, las normas de la ficción.

Sirát es una película de un nihilismo existencialista. No todos los existencialistas son nihilistas ni todos los nihilistas son existenciales. Por eso resulta tan del gusto francés. De haberse estrenado en un festival que no fuese Cannes su recorrido no sería tan exitoso, me atrevo a decir. Sobran en la película algunos minutos. No me atrevo a decir cuantos, pero intuyo que ese viaje a ninguna parte de un grupo de raveros medio punkies, medio desencantados podría contarse con igual intensidad con cien o noventa minutos. Tal vez no, ahí tengo dudas. La película peca tanto de pretenciosa como de sencilla en algunos momentos. Le gustaría configurarse como una fábula rápidamente, pero no se atreve. Me sorprende, con tantos padrinos de nombre detrás de la obra, la gran cantidad de fallos de continuidad que se aprecian, especialmente con el coche al que le quitan la defensa y, en los sucesivos lo veremos con ella y sin ella. ¿Puede el agua afectar al motor o no? Bueno, en función de los intereses de la acción o si se quiere dar al agua un sentido más hondo o no.

Si en vez de 2025, Laxe la hubiese rodado en 1965 ahora mismo la tendríamos como una obra de arte. De buena nos hemos librado. 

martes, 17 de marzo de 2026

Tres momentos de los premios Oscar


 


De este año de los Óscar me quedo con tres grandes momentos. Para mi son suficientes para justificar toda la velada.

El primero es la entrega del premio de mejor película a Una batalla tras otra. Me parece un galardón más que merecido. Si cuando la vi hubiese escrito podría presumir, pero no ha podido ser así. Pero el momento no es ese, el momento es cuando todo el equipo, o buena parte, sube al escenario y rodea a Paul Thomas Anderson y a la productora, visualizando la obra de arte colectiva que representa cualquier película, aunque el mérito del director como lider del equipo es innegable.

El segundo momento es el número música que recogía uno de los mejores momentos musicales de Sinners, en una película con unos cuantos momentos musicales de gran calidad. Me encantó por como logra condensar en poco más de tres minutos la evolución de la música negra a ritmo de blues. Extraordinario. Si no lo habéis visto, aquí os lo dejo.



Y el tercer momento son los premios a Michel B. Jordan, por Sinners, y Amy Madigan, por Weapons. Ambos aparecen en películas de terror, un género que aún no cuenta con suficiente prestigio para las grandes categorías (película y dirección). Sin embargo, estos galardones evidencian un cambio generacional, una mirada nueva que, si en el presente reconoce el trabajo de interpretación, en el futuro puede no tener prejuicios para otro tipo de reconocimientos.

Tan sólo me faltó algún detalle, como ver entre las candidatas a películas como Una casa llena de dinamita, que merecería estar en esa selección final. Me temo que los prejuicios contra Netflix jugaron en su contra. 

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