De este año de los Óscar me quedo con tres grandes momentos. Para mi son suficientes para justificar toda la velada.
El primero es la entrega del premio de mejor película a Una batalla tras otra. Me parece un galardón más que merecido. Si cuando la vi hubiese escrito podría presumir, pero no ha podido ser así. Pero el momento no es ese, el momento es cuando todo el equipo, o buena parte, sube al escenario y rodea a Paul Thomas Anderson y a la productora, visualizando la obra de arte colectiva que representa cualquier película, aunque el mérito del director como lider del equipo es innegable.
El segundo momento es el número música que recogía uno de los mejores momentos musicales de Sinners, en una película con unos cuantos momentos musicales de gran calidad. Me encantó por como logra condensar en poco más de tres minutos la evolución de la música negra a ritmo de blues. Extraordinario. Si no lo habéis visto, aquí os lo dejo.
Y el tercer momento son los premios a Michel B. Jordan, por Sinners, y Amy Madigan, por Weapons. Ambos aparecen en películas de terror, un género que aún no cuenta con suficiente prestigio para las grandes categorías (película y dirección). Sin embargo, estos galardones evidencian un cambio generacional, una mirada nueva que, si en el presente reconoce el trabajo de interpretación, en el futuro puede no tener prejuicios para otro tipo de reconocimientos.
Tan sólo me faltó algún detalle, como ver entre las candidatas a películas como Una casa llena de dinamita, que merecería estar en esa selección final. Me temo que los prejuicios contra Netflix jugaron en su contra.











