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martes, 21 de julio de 2015

Es un riesgo vivir rodeado de subnormales


-Buenas, ¿quién es el último?
-Yo.
La sala de espera de la oficina de la Seguridad Social es lo suficientemente amplia para que todo el mundo aguarde sentado. Los funcionarios agilizan los trámites en la medida de lo que pueden. Aquellos que acuden acompañados matan la espera cuchicheando; otros miran la infinito, con aire de distraído. Hay quien no para de hablar por el móvil, o jugar con él. Los menos leen. Siempre pasa en este país. Casi parece que leer produce vergüenza y se debe hacer a escondidas, no vaya a ser que te señalen con el dedo.
A periodos irregulares de tiempo suena un timbre. Al tiempo, un panel electrónico se ilumina con una clave. Su dueño pasa a una mesa. Nadie sabe quien es el dueño hasta que éste se levanta. Ni el algoritmo que determina la clave. Puedes llevar esperando tres horas y se levanta uno recién llegado. El algoritmo lo explica todo. La persona llega, aprieta un botón y sale la clave definida por el algoritmo. Si estudiaste algo y sabes lo que son las matemáticas, es posible que entiendas qué es eso del algoritmo y cómo puede influir en tu destino. Pero la mayoría no sabemos nada de matemáticas y, posiblemente, ni con la clase particular a la que íbamos para lograr aprobarlas, lo hubiésemos entendido. Pero asumimos que es cosa del algoritmo, como otros asumirán que es cosa del destino-
El dueño del papel se acerca al funcionario y le explica que su espera ha sido un poco inútil porque ahora puede solicitar su vida laboral en la entrada. No es ha sido inútil del todo, porque ha descubierto donde puede solicitar la vida laboral, lo que antes no sabía y, de haberlo sabido, le hubiera evitado ese rato de espera.
Así que regresa al lugar del inicio y pregunta por el último, que se identifica levantando la mano y el interrogador se sienta, sacar una revista y la abre para leer esperando a que el último acceda al ordenador y solicite su vida laboral. Lee y, de vez en cuando, levanta la vista para controlar al último. Eso no es leer, es pasar el tiempo, se dice, pero, por lo menos, no se aburre hasta que el último se levanta, se va al ordenador y se marcha. Es su momento. Se levanta y camina hacia el ordenador hasta que un compañero de espero le da el alto.


-Espere, usted no es el último. El último se ha ido.
-No, perdone, el último soy yo. Llegué, pregunté quién era el último y me dijo que era ese señor que se acaba de ir. Luego él último soy yo. El que se fue es el penúltimo.
-No, el último soy yo. El que se fue no era el último, porque el último soy yo.
-Ya, pero usted llegó y se sentó. No dijo nada ni preguntó. Yo era el último y no le di la vez. Yo soy el último. Y me corresponde sacar la vida laboral.
-No, el último soy yo. Yo llegué.
-Claro que llegó. De no haber llegado, no estaría aquí. Pero yo llegué pregunté, un señor, que se acaba de ir me dijo que era el último y esperé mi turno.
-Ya, pero yo llegué y nadie me dijo nada.
-Es cierto, pero usted llegó y ninguno de los que estábamos aquí sabíamos si iba a esperar o para qué.
-Ya, ¿por qué tienes que saber quien están esperando?
-Pues para guardar el turno, dar la vez; por ejemplo. Es muy útil para estas cosas.
-Señores, por favor, bajen la voz. Hay una persona intentando hacer gestiones por teléfono.
-Y nosotros estamos intentando dilucidar quién es el último en la fila.
El guarda de seguridad decide intervenir, tomar las riendas del asunto para aclarar quien es el último. Aunque ese no es el debate. La verdadera cuestión es determinar cual de los dos tiene el derecho a usar al ordenador. Si logra reestablecer el orden en la cola, evitará un problema.
-A ver, después del chico que se acaba de ir, ¿quién va?
-Yo, asegura el último silencioso; acabo de decir que era el último.
-Yo, afirma el último que intentaba leer la revista exhibiendo el papel con el número como el pasaporte después de acceder a la mesa del funcionario.
-Eso no sirve, explica el vigilante, usted fue, o irá, a la mesa, pero luego le dirán si puede o no usar el ordenador.
-O sea, que el último soy yo. Pues lo dije.
-Sí, sentencia el guardia.
- O sea, que aunque usted llegó después y no preguntó, es el último y pierdo mi vez.
-No genere conflictos, advierte el guardia.
-Lo cierto es que pierdo mi vez. Así que voy a preguntar si hay más últimos en la sala, no vaya a ser que vuelva a perderla. ¿Hay más últimos?
Nadie responde.
- ¿De verdad que no hay más últimos? Bien, entonces, después de usted, iré yo al ordenador. ¿Queda todo aclarado así?
-Sí
-Bien, hablando se entiende la gente; cierra la polémica el guardia.

-Desde luego, aunque no deja de ser un riesgo vivir rodeado de subnormales.

domingo, 1 de junio de 2014

Cristo en Manhattan

Existen muchos Fernandos y todos están en mí... En Cristo en Manhattan expongo mi vertiente religosa, creyente. Este es el primer texto que escribí en su día y que abre la serie en la que voy trabajando.


Abadía de Viaceli, Cantabria.


Bienaventurados los accionistas de Lehman Brothers, porque ellos sabrán lo que es la pobreza.
Bienaventurados los hambrientos, porque desconocen el Big Mac.
Bienaventurados los sedientos, pues no se refrescan con Coca-cola (marca registrada, reservados todos los derechos); bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos no se han ilusionado con las promesas de los políticos, las habladurías de los medios de comunicación, las campañas de mercadotecnia.
Bienaventurados los hipotecados, porque conocerán lo que es la libertad.
Bienaventurados los que pasan calor y frío, porque descubrirán un hogar de verdad.
Bienaventurados los que no cobran bonus, no cumplen objetivos, no baten incrementos de productividad porque desconocen lo que es la avaricia.
Bienaventurados los que no celebran la Séptima ni la Cuarta, los que no celebran el Triplete ni al equipo pentacampeón, porque no adoran al Becerro de Oro.
Bienaventurados los que no confían en Barack Obama, porque aún conservan la esperanza.
Bienaventurados los que no pasan dos horas diarias frente a la televisión, ni conectados al emepe tres ni navegando por Internet porque así podrán descubrir el silencio.


Perfecto, adelante con la publicidad.

domingo, 25 de mayo de 2014

Cansada de estudiar

Cansada de estudiar es parte de un proyecto narrativo que tengo un poco parado; avanza a trompicones. Es narrativa erótica, para que nadie se escandalice. Espero que os guste.




Aquel día estabas cansada de estudiar. Los exámenes acechaban marcados en el calendario y decidiste ir a la antigua biblioteca de la Universidad. Te sueles refugiar en ella en invierno, pero el suelo de la madera chirría demasiado y no te concentras. Pero necesitabas cambiar de sitio.
Buscaste un asiento al final de la sala, rodeada de las estanterías y esos libros antiguos, con los anaqueles repletos de sabiduría. Te sentaste y empezaste a repasar los apuntes.
Al rato, se sentó un chico a tu lado. De reojo miraste sus apuntes. Algo de Biología. No te sonaba de nada, pero no te importaría conocerlo.
Seguiste leyendo, jugando de vez en cuando con el lapicero y mirando de reojo a tu compañero de pupitre, su cuerpo de jugador de rugby, los brazos fornidos, pelo corto... No, no era un buen día para estudiar. Moviste tu silla y te acercaste lo más posible a él.
Perdona, estoy estudiendo. Te dijo.
Yo también, le respondiste.
Y pusiste su mano sobre su muslo, empezaste a acariciarlo, a recorrer con tus dedos su pierna.
Pero, ¡¡qué haces!!
Calla, y estudia. Le respondiste.
Él agarro un lapicero, tu bajaste la cabeza, para que pareciese que leías tus apuntes. Y llevaste tu mano a su bragueta. Notaste un bulto que comenzaba a crecer, a crecer, hacerse duro. Abriste la cremallera y su polla saltó como un delfín fuera del agua, buscando aire para respirar. La agarraste con suavidad, acariciabas su prepucio, la movías... Miraste a tu lado, apenas había gente. Tiraste un bolígrafo al suelo. Bajaste a por él y aprovechaste para besar ese sexo grande, rojo, hermoso, sediento, lo comiste un poco, él te tocó la nuca.
Regresaste a tu asiento. Seguiste moviendo con la mano hasta que notaste un líquido sobre ella. Él rompió el lapicero.
Me tengo que ir, llegó a decir.
Espera, ven, cómeme la mano.
Y le extendiste tus dedos pringados. Hacía tiempo que no se corría.
Bajaste la mano y el dobló su cabeza para besar tus dedos.
Qué no quede ni una gota. Se fue. Un buen culo, pensaste mientras salía de la biblioteca. Regresaste a tus apuntes, hasta que te sacó del estudio una silla que se acercaba a tu lado.
Era una chica. No te sonaba de nada. Esparció unos apuntes por la mesa. Te sonrió. Seguiste estudiando hasta que notaste una mano en tu pantorrilla. Te giraste, la sonreíste.

Y buscaste su pierna con tu mano.

Photo: http://www.theardorous.com/portfolio/casual/

lunes, 22 de julio de 2013

Cazador de arcoiris


Tengo un amigo que es cazador de arco iris. Estudiamos juntos hasta que la Universidad nos llevó por caminos distintos. Nunca supe nada más de él, hasta que, años después, me lo encontré. La vida le iba bien, o, al menos, eso parecía. Trabajaba en la profesión que había escogido y llevaba con resignación las heridas que nos da la vida.
Un buen día, recibí un mensaje suyo en el móvil. Era un arcoiris; un hermoso arcoiris como nunca había visto. Al rato me llamó.
"Lo has visto, lo acabo de ver; es uno de los arcoiris más hermosos que nunca he fotografiado".
El mérito es que ha fotografiado muchos, decenas. Viaja por todo el mundo esperando encontrar arcoiris nuevos; en distintos paisajes. No sé si estudia las estaciones metereológicas para encontrar los lugares más propicios; pero no me extrañaría que lo hiciese. 
Me sigue enviando arcoiris. No respeta ningún patrón. Un día me puede mandar quince y luego permanece durante meses en silencio. Pueden ser recién fotografiados o después de muchos meses. Cuando hablamos asegura que es su forma de escribir poesía y de compartirla con el mundo. 
Nunca me ha dicho con cuantas personas los comparte. Ni lo hará. Tampoco quiero preguntárselo. Como suele decir, lo importante es compartir la belleza.


Photo: Ch

miércoles, 10 de julio de 2013

Una sorpresa



No sabía a donde íbamos a ir. En la habitación del hotel tan sólo había un par de billetes para Austria. "Es lo único que puedes saber", me susurró momentos antes de apagar la televisión. 
Era una sensación extraña, estar esos días lejos de casa; sin los ruidos familiares, sin ordenador, sin tablet... Sólo nosotros dos.
Este año le correspondía organizar nuestro aniversario. Nos turnábamos. Había surgido casualmente. Y nos gustaba ese sistema. Eso es lo importante. Había decidido Austria, aunque no me había dicho los motivos. Aunque, al final, siempre había uno.
Después de unos días en Viena, paseando y ejerciendo de turistas, me confesó que había llegado el momento cumbre del viaje. Volvimos a hacer el equipaje y nos trasladamos a Bregenz. Nunca había escuchado ese pueblo.
Todo muy austriaco, con la belleza de su perfección, tal vez excesivamente aburrida, demasiado calculada. La hermosura de una ecuación. 
Desde el cuarto del hotel pude ver la construcción que sobresalía en el lago. Estamos en el momento central de nuestro viaje de aniversario: asistiríamos a la representación de André Chénier; desde el lago, en un barco en las inmediaciones del escenario flotante que había visto desde la habitación del hotel. 
No soltamos nuestras manos durante toda la representación.
"Es algo hermoso, fantástico". "Sí, pero el verdadero regalo es llegar a este momento juntos".


Photo: http://www.austria.info/es/culturisssimo-ofertas-para-eventos-espectaculos/el-festival-de-bregenz-1506186.html

domingo, 28 de abril de 2013

El sacrificio








Me ceban y se alegran de mis kilos; se alegran del peso que gana el ternero. Se imaginan mis chuletas en la brasa, se hacen la boca agua pensando en mis solomillos. Alguno se pregunta por mi tranquilidad, por las causas de mi felicidad. Mirad a Hermoso, no sabe lo que le espera. Pobres desgraciados. Soy feliz porque conozco mi vida, mi destino; lo me aguarda mientras ellos corretean y juegan con ilusiones ignorantes de que acabarán sus días como yo: siendo pasto de los gusanos.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Cuento de Navidad 2012



No era una noche especialmente tensa. Apenas encontraron a gente durante la guardia: unos pastores durmiendo al raso, algún despistado y aquella pareja buscando refugio y que terminaron durmiendo en un pesebre.
Spurius no se encontraba cómodo con las rondas nocturnas. Intentaba evitarlas, pero siempre caía alguna, con los riesgos de algún ataque, el frío... Pero esa noche resultaba especial, tan tranquila, con tanta calma. Incluso Aulus y Tiberio se habían quedado adormilados, al lado de la fogata, desde esa posición que les permita contemplar buena parte de Belén.
Entonce sucedió algo. Escuchó algo, una música que nunca antes había escuchado, un perfume que le recordaba su infancia y que le hablaba de la belleza, de algo nuevo.

- ¡¡Aulus, Tiberio!! ¡¡Despertad!!
- Eh, ¿qué sucede?
- ¿No os dais cuenta? Ha sucedido algo... No sé el qué, pero es bueno. 

Tiberio se acercó a su posición. 

- Mira, allá hay una luz... Y mira, parece que se acercan algunos pastores.

- Vayamos a ver qué puede haber pasado.

Los tres legionarios romanos abandonaron su posición y se encontraron con los pastores caminaban. Iban cantando, alegres, rápidos.

- ¿A dónde vais, qué sucede, qué sucede?

A pesar del tiempo que llevaban en Judea, aún no se entendían bien con los nativos. Parecían inofensivos, decidieron no sacar las armas y acompañarlos hasta que llegaron al lugar de donde salía la luz, una vieja cuadra donde se encontraba aquella pareja que, por la mañana, habían ayudado cuando buscaban un lugar para hospedarse. Los pastores cantaban el nacimiento del hijo y les regalaban alimentos, ropas para protegerse del frío...

Los soldados sonrieron. "No es nada peligroso". Volvieron a saludar a José, le dejaron un par de cantimploras con agua y les felicitaron por ese hermoso bebé antes de volver a su posición comentando que tenían la impresión de haber escuchado cantar a las ninfas de los dioses.

Photo: http://sergimateo.com/el-portal-de-belen-tambien-sufre-la-crisis/

lunes, 26 de noviembre de 2012

Mano y mantel


No, no sonrías. O no pares de reírte. Mira debajo de la mesa, allá, a lo lejos. Me encanta verte sonreír, me imagino jugando con tus dientes, la figura de los labios. No es sólo por tus besos, pero tus labios son muy sensuales, cuando los mueves para despedirte. O porque sólo me quieres decir adiós... 
No, no dejes de sonreír.

jueves, 9 de agosto de 2012

Locura



- Contigo estaría dispuesto a cometer la mayor de las locuras, abandonar todo, entregarme a tí, conquistar el mundo y ponerlo a tus pies.
- Pues tómame.
Agarró el lomo del libro, lo abrió y se dispuso a leerlo.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El futuro está en las manos



Leyó el anuncio en el periódico. La adivina se presentaba como infalible, seriedad garantizada, toda clase de vaticinios: amor, dinero, salud… No dudó en acudir, tras concertar la cita telefónicamente.
Llegado el momento, se sentó frente a una mujer de cuarenta años, morena, con los ojos muy marcados por khol negro, labios rojos. Ella se parapetaba detrás de una mesa camilla, en una pequeña habitación en penumbra, iluminada con una bombilla de bajo consumo. Una colección de santos y velas completaba la decoración.
- Qué quiere saber
Él ya había pagado a la entrada, cincuenta euros por la sesión. El dinero lo recogió un joven mulato. Aunque carecía de razones, supuso que eran amantes.
- Mi futuro, me intriga saber lo que me pasará
- Siéntate, respira hondo y, cuando estés preparado, acércame una de tus manos. El futuro está en las manos.
- ¿Qué mano?
- Me es igual, leeremos las dos.
Se sentó. Cerró los ojos, respiró hondos y le acercó la palma de su mano derecha.
- Tienes trabajo, donde te esperan grandes éxitos. Estás casado, en tu pareja hay una crisis pero un largo viaje os ayudará a superarla. Tendréis dos hijos.
Retiró la mano y se levantó rápidamente. La adivina no se inmutó, ya estaba acostumbrada a esas reacciones.
- Tranquilo, es el futuro. Está en tus manos.
Sin responder, la agarró por el cuello y apretó hasta notar que la augur ya no respira. La soltó y cayó como una marioneta sobre la mesa.
- ¿Esto no lo viste? 

domingo, 11 de julio de 2010

Adela

Adela


Adela era la madre con más hijos en todo el contorno. Y la más pobre. Pero tenía algo que nos falta a casi todos. Nunca, a lo largo de aquellos años, la hemos visto de mal humor. Tenía una inteligencia natural. Y decía cosas así: "Que las represiones ejercidas sobre mí, no me lleven a la opresión de mis hijos". Era algo digno de verse.


Ceferino Suárez de los Ángeles, Relatos del Corazón, Azucel, Avilés, 2009

lunes, 22 de marzo de 2010

Esperando




Aseguró que regresaría, pero no me dijo cuando. Retornaría a casa por la mar, por la mar en la que se fue, aunque las olas ya no serían las mismas ni su cuerpo sería igual. Vendría más viejo, cansado, doliente por el dolor y la muerte. Regresaré, me prometió, mientras me besaba antes de marchar.
Y al verlo partir me senté a esperar, aguardar su regreso mientras mi cuerpo se convirtió en estatuta y mi alma en espera.

jueves, 24 de diciembre de 2009

La mirra

Aprovechó el primer día de vacaciones para comenzar a montar el belén. Sacó las cajas, despejó la mesa y tendió el mantel verde que había heredado de la abuela Marina. Ninguna pieza del misterio encajaba. Todas eran diferentes. Pero todas tenían su historia. La Virgen María era un regalo de su madre, el Ángel lo compró en Praga, cuando fueron de Luna de Miel, San José le recordaba a su padre; el buey fue la primera manualidad de su hijo... Lentamente instaló esa composición de recuerdos y amor. Terminó con los tres Magos de Oriente. Y buscó los saquitos donde atesoraba el oro, el incienso y la mirra. Encontró los dos primeros, pero ni rastro de la mirra que había comprado en Estambul. Buscó y rebuscó, abrió cajas, pensó en dónde la había guardado. Ni rastro de la mira. Entonces, Isabel sonrió. Allí estaba la mirra.

¡¡¡Feliz Navidad!!!

viernes, 10 de julio de 2009

Las inclemencias del tiempo


Imagino a un hombre viendo la televisión. En el informativo, no importa la cadena o la hora, narran las inclemencias del tiempo: las carreteras cortadas, dificultades para la circulación, averías en el tendido eléctrico, accidentes de tráfico. En una de las imágenes, el hombre, o la mujer, no lo sé, no me importa, el sexo metaforiza al ser humano, pero sólo uno, lo sustancial es la unidad y el ser, no la sexualidad, ve su coche, no importa la marca, por evitar problemas legales más que como recurso literario, o el color, lo importante, hemos dicho, es que ve su coche accidentado en la carretera. Ha sufrido un impacto trasero y se ha salido por la cuneta. La matrícula le revela que, efectivamente, es su vehículo. Su conductor, informa el telediario, ha fallecido. Es uno de los muertos en una colisión múltiple provocada por las inclemencias del tiempo.
El hombre guarda en su retina la imagen del coche, la chapa levantada, la matrícula, el hombre, o mujer, fallecidos en el accidente.
Asustado decide ir al garaje para comprobar si está su vehículo, Y, sí, efectivamente, lo ve aparcado en la plaza número 52, tal y como lo había dejado, con su matrícula, el modelo y el color de la chapa idéntico, todo igual al coche siniestrado en la televisión. Comprueba la parte trasera y, en contra de lo afirmado por el locutor, se encuentra indemne. Ni un rasguño.
Palpa los bolsillos de su chaqueta y descubre que lleva las llaves. Decide subirse y dar un breve paseo, aun en contra de lo que aconsejan las inclemencias del tiempo.
El hombre, o mujer, abre el coche, se sube, se coloca el cinturón de seguridad, enciende el motor, abre el portón del garaje y sale a la calle. Llueve y el viento hace que la lluvia golpee con fuerza el vehículo. Sentado en el interior, nota como las ráfagas huracanadas tratan de desplazar el turismo de un lado a otro de la carretera. Ase el volante con firmeza y sigue conduciendo.
Circula lento. Apenas se ve gente por la calle y hay pocos vehículos. Las inclemencias del tiempo aconsejan resguardarse en la vivienda, domicilio o bar habitual. Pero él, o ella, sigue conduciendo hasta alcanzar el punto señalado por la televisión como centro informativo o lugar de la tragedia. Y, allí, la televisión no miente, lo he visto en televisión, la radio no miente, lo ha dicho la radio, encuentra el turismo siniestrado, la chapa de su vehículo retorcida por el impacto, los equipos de emergencia, el coche de la funeraria. Contempla la escena, circula despacio y regresa a casa.
Entra en el garaje, respira hondo antes de mirarse las manos, limpiarse el sudor, bajar del turismo, comprobar su matrícula mojada y coincidente, exactamente igual, a la del vehículo accidentado. Pasa su mano por la parte trasera y se asombra al ver el idéntico color al turismo accidentado, pero comprueba que se encuentra lisa, perfecta, sin arrugas y con las pequeñas puntillas de óxido habituales en un coche de avanzada edad.
Respira. Se marcha del garaje a paso tranquilo. Llega a su casa, se descalza, se seca el sudor, se pone la bata, batín o albornoz (no necesariamente uno ni los tres a la vez) y se siente delante del televisor. Lo enciende y regresan las noticias de las inclemencias del tiempo, del accidente de su vehículo, que no ha tenido lugar. O tal vez sí. Y reflexiona:
¿Estaré vivo o muerto?

miércoles, 1 de abril de 2009

En blanco

-A Velda Rae, gracias por la iniciativa
En blanco aparece la inscripción del nombre en la plantilla del Registro Civil. Ya hay quien ha escrito que un nombre es un destino. Posiblemente, la afirmación sea una exageración, aunque no cabe duda que, hoy en día, llamarse Napoleón imprime más carácter que Fernando, por poner un ejemplo.
En blanco aparecen todas las líneas de la vida, los nombres y las estrellas, los recuerdos y los deseos. La tinta amarga de nuestros actos conformará la caligrafía extraña de nuestra existencia: los actos nobles y mediocres, las idas y las vueltas, las subidas y bajadas, los momentos gloriosos y aquellos que nunca podremos olvidar por mucho que lo intentemos.
Y blanco es el color del mármol de nuestras tumbas. Aunque, por eso no de no faltar al espíritu de contradicción del ser humano, siempre habrá quien prefiera lápidas negras. Pero yo prefiero las blancas, para que se vayan oscureciendo con el tiempo, con las lágrimas y la memoria, para que al final, el refugio de todos nosotros, sea el corazón de quien nos amó y quien nos Ama

sábado, 24 de enero de 2009

Llamada de un concejal



Miró a su móvil y suspiró. Hacía tiempo que nadie le telefoneaba. Apenas escuchaba su politono salvo para los avisos desde su domicilio, la petición de una barra de cuarto poco hecha y un litro de leche semidesnatada. En las cafeterías, él era de los pocos que no podía hablar con nadie. Tampoco disfrutaba del placer de cortar conversaciones. “Perdona, no te puedo atender”. “Disculpa, te llamaré más tarde”. “Prefiero hablar de esto en privado, si no es muy urgente”.

Nadie le llamaba. A él, Arcadio Montemaña, el que fuera el victorioso concejal, la esperanza de la oposición, condenado, ahora, al ostracismo tras las intrigas palaciegas. No, nadie le llamaba. Miró a su terminal. Una lágrima se convirtió en rocío de las teclas.

Perdone, soy Arcadio Montemaña. Tengo una llamada perdida de ustedes. ¡¡Ah, es el periódico!! ¿Quién me ha llamado?

martes, 13 de enero de 2009

El caballero de las armas bermejas



"¡Maravilla! Ha regresado el caballero de las armas bermejas, venid a verle! Pero, ¿para qué? No hay en el mundo hombre tan vil, tan digno de desprecio y tan cobarde. La cobardía le domina, y él nada puede hacer contra ella".

Chrétien de Troyes, El caballero de la carreta



Con el primer golpe tembló ligeramente el aire, parecía que la espada contagiaba al espacio con el sabor de la muerte, intuida en su filo. El caballero de las armas bermejas contempló el espectáculo: la llanura donde hervía la sangre, tiendas de campaña y el palco para las autoridades con su corte de bufones. Observó el paisanaje: las doncellas casaderas, las viejas amas, los vendedores de cerveza e hidromiel, lectores de futuro, magos con talismanes, herreros, escuderos, aprendices de brujo, poetas... Y el grito del pueblo, un grito unánime:.

"La más bella para el más valiente".

Y la valentía se medía por la muerte, por la sangre de otro vertida en el campo, por el fragor de los aplausos cuando se cortaba una cabeza o el volumen de las risas cuando se mutilaba un cuerpo.

El caballero de las armas bermejas se preguntó qué hacía en ese torneo, en esa elección. «Después de todo», reflexionó, «yo soy el otro y también carne de risas, de aplausos. Las burlas son para mí, aunque yo haya cortado esa cabeza. El mendigo que nace cuando mutilo a otro caballero, soy yo».

Comenzó a retroceder, a esquivar los golpes de espada. Huyó del combate. Los gritos no tardaron: "¡Cobarde!, ¡cobarde!" La corte casadera del rey Arturo esputaba hacia el caballero de las armas bermejas. Las damas buscaban a sus futuros esposos bañados en sangre: basan la felicidad del tálamo conyugal en el número de cabezas cortadas, midiendo la virilidad por la destreza con la espada.

El de las armas bermejas vio su espada y la tiró, huyendo de los rastros de sangre que goteaban en su filo. Y soñó con una mujer que le amase en la paz, sin cuerpos mutilados o cabezas aplastadas por su querer. Los gritos y las burlas desaparecieron en cuanto el caballero inició su cabalgada hacia un territorio de paz, sin armas y sin combates para lograr a su amada. Si es que pudiera encontrarlo.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Relatos mineros

Hace tiempo, dimos noticia en estas islas del concurso convocado por la Fundación Muñiz Zapico sobre micro-relatos de temática minera.
En la web de la organización ya figura el palmares, encabezado por la escritora Montserrat Garnacho Escayo, así como las obras premiadas. Aquí os dejo el enlace por si os apetece leerlos.

sábado, 24 de noviembre de 2007

El rugido

El rugido
Estaba en el baño, realizando su higiene bucal, con el hilo dental entre los dedos. Repasaba una muela cuando oyó un rugido. ¡Ah!, los años pensó mirándose en el espejo y viendo el reflejo del tiempo. Volvió a escuchar el rugido y volvió a pensar en los años vividos. Pero ahora cuando miró al espejo se encontró con las fauces abiertas de un tigre que se disponía a devorarlo.

martes, 15 de mayo de 2007

Pecados capitales

La revista Literaturas prepara un especial sobre los pecados capitales que divulgará con la próxima feria del libro de Madrid. A continuación, os reproduzco el texto que les mandé y que, espero, se cuelgue en la red junto con los de otros autores. Se titula Pecados capitales.

Fray Casiano de Poli buscó en su celda la ventana. Tumbado en su jergón pasaban las horas y pensaba como él, el más listo de los hermanos carmelitas, había podido olvidar los maitines. Una ligera falta, aunque recordó que debía cantar ese benedictino que peregrinaba a Santiago y sintió una profunda envida hacia esa voz melodiosa. Tanta que se levantó con ira y notó como el Pecado luchaba por apoderarse de él. Se serenó, recordó las buenas comidas que siempre le habían ofrecido los hermanos benedictinos, almuerzos hasta reventar, hasta caer en la gula para después ir a confesarse... Y entonces también recordó a esas jóvenes que en ocasiones le conducían al pecado solitario y sufrió porque, de tener más dinero, de tener mucho dinero, no se hubiese ordenado fraile y Dios gobernaría su vida de otra manera.
Un sudor frío recorrió su rostro.
“Señor, haz que sea digno en mi naturaleza pecadora de tus dones y de tu amor”.Y, entonces, oró dando gracias a Dios por su humanidad pecadora y mortal.

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