martes, 21 de julio de 2015
Es un riesgo vivir rodeado de subnormales
domingo, 1 de junio de 2014
Cristo en Manhattan
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| Abadía de Viaceli, Cantabria. |
domingo, 25 de mayo de 2014
Cansada de estudiar
Photo: http://www.theardorous.com/portfolio/casual/
lunes, 22 de julio de 2013
Cazador de arcoiris
Photo: Ch
miércoles, 10 de julio de 2013
Una sorpresa
Photo: http://www.austria.info/es/culturisssimo-ofertas-para-eventos-espectaculos/el-festival-de-bregenz-1506186.html
domingo, 28 de abril de 2013
El sacrificio
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Cuento de Navidad 2012
Photo: http://sergimateo.com/el-portal-de-belen-tambien-sufre-la-crisis/
lunes, 26 de noviembre de 2012
Mano y mantel
No, no dejes de sonreír.
jueves, 9 de agosto de 2012
miércoles, 23 de marzo de 2011
El futuro está en las manos
domingo, 11 de julio de 2010
Adela
lunes, 22 de marzo de 2010
Esperando
jueves, 24 de diciembre de 2009
La mirra
viernes, 10 de julio de 2009
Las inclemencias del tiempo
Imagino a un hombre viendo la televisión. En el informativo, no importa la cadena o la hora, narran las inclemencias del tiempo: las carreteras cortadas, dificultades para la circulación, averías en el tendido eléctrico, accidentes de tráfico. En una de las imágenes, el hombre, o la mujer, no lo sé, no me importa, el sexo metaforiza al ser humano, pero sólo uno, lo sustancial es la unidad y el ser, no la sexualidad, ve su coche, no importa la marca, por evitar problemas legales más que como recurso literario, o el color, lo importante, hemos dicho, es que ve su coche accidentado en la carretera. Ha sufrido un impacto trasero y se ha salido por la cuneta. La matrícula le revela que, efectivamente, es su vehículo. Su conductor, informa el telediario, ha fallecido. Es uno de los muertos en una colisión múltiple provocada por las inclemencias del tiempo.
El hombre guarda en su retina la imagen del coche, la chapa levantada, la matrícula, el hombre, o mujer, fallecidos en el accidente.
Asustado decide ir al garaje para comprobar si está su vehículo, Y, sí, efectivamente, lo ve aparcado en la plaza número 52, tal y como lo había dejado, con su matrícula, el modelo y el color de la chapa idéntico, todo igual al coche siniestrado en la televisión. Comprueba la parte trasera y, en contra de lo afirmado por el locutor, se encuentra indemne. Ni un rasguño.
Palpa los bolsillos de su chaqueta y descubre que lleva las llaves. Decide subirse y dar un breve paseo, aun en contra de lo que aconsejan las inclemencias del tiempo.
El hombre, o mujer, abre el coche, se sube, se coloca el cinturón de seguridad, enciende el motor, abre el portón del garaje y sale a la calle. Llueve y el viento hace que la lluvia golpee con fuerza el vehículo. Sentado en el interior, nota como las ráfagas huracanadas tratan de desplazar el turismo de un lado a otro de la carretera. Ase el volante con firmeza y sigue conduciendo.
Circula lento. Apenas se ve gente por la calle y hay pocos vehículos. Las inclemencias del tiempo aconsejan resguardarse en la vivienda, domicilio o bar habitual. Pero él, o ella, sigue conduciendo hasta alcanzar el punto señalado por la televisión como centro informativo o lugar de la tragedia. Y, allí, la televisión no miente, lo he visto en televisión, la radio no miente, lo ha dicho la radio, encuentra el turismo siniestrado, la chapa de su vehículo retorcida por el impacto, los equipos de emergencia, el coche de la funeraria. Contempla la escena, circula despacio y regresa a casa.
Entra en el garaje, respira hondo antes de mirarse las manos, limpiarse el sudor, bajar del turismo, comprobar su matrícula mojada y coincidente, exactamente igual, a la del vehículo accidentado. Pasa su mano por la parte trasera y se asombra al ver el idéntico color al turismo accidentado, pero comprueba que se encuentra lisa, perfecta, sin arrugas y con las pequeñas puntillas de óxido habituales en un coche de avanzada edad.
Respira. Se marcha del garaje a paso tranquilo. Llega a su casa, se descalza, se seca el sudor, se pone la bata, batín o albornoz (no necesariamente uno ni los tres a la vez) y se siente delante del televisor. Lo enciende y regresan las noticias de las inclemencias del tiempo, del accidente de su vehículo, que no ha tenido lugar. O tal vez sí. Y reflexiona:
¿Estaré vivo o muerto?
miércoles, 1 de abril de 2009
En blanco
sábado, 24 de enero de 2009
Llamada de un concejal
Miró a su móvil y suspiró. Hacía tiempo que nadie le telefoneaba. Apenas escuchaba su politono salvo para los avisos desde su domicilio, la petición de una barra de cuarto poco hecha y un litro de leche semidesnatada. En las cafeterías, él era de los pocos que no podía hablar con nadie. Tampoco disfrutaba del placer de cortar conversaciones. “Perdona, no te puedo atender”. “Disculpa, te llamaré más tarde”. “Prefiero hablar de esto en privado, si no es muy urgente”.
Nadie le llamaba. A él, Arcadio Montemaña, el que fuera el victorioso concejal, la esperanza de la oposición, condenado, ahora, al ostracismo tras las intrigas palaciegas. No, nadie le llamaba. Miró a su terminal. Una lágrima se convirtió en rocío de las teclas.
Perdone, soy Arcadio Montemaña. Tengo una llamada perdida de ustedes. ¡¡Ah, es el periódico!! ¿Quién me ha llamado?
martes, 13 de enero de 2009
El caballero de las armas bermejas
"¡Maravilla! Ha regresado el caballero de las armas bermejas, venid a verle! Pero, ¿para qué? No hay en el mundo hombre tan vil, tan digno de desprecio y tan cobarde. La cobardía le domina, y él nada puede hacer contra ella".
Chrétien de Troyes, El caballero de la carreta
Con el primer golpe tembló ligeramente el aire, parecía que la espada contagiaba al espacio con el sabor de la muerte, intuida en su filo. El caballero de las armas bermejas contempló el espectáculo: la llanura donde hervía la sangre, tiendas de campaña y el palco para las autoridades con su corte de bufones. Observó el paisanaje: las doncellas casaderas, las viejas amas, los vendedores de cerveza e hidromiel, lectores de futuro, magos con talismanes, herreros, escuderos, aprendices de brujo, poetas... Y el grito del pueblo, un grito unánime:.
"La más bella para el más valiente".
Y la valentía se medía por la muerte, por la sangre de otro vertida en el campo, por el fragor de los aplausos cuando se cortaba una cabeza o el volumen de las risas cuando se mutilaba un cuerpo.
El caballero de las armas bermejas se preguntó qué hacía en ese torneo, en esa elección. «Después de todo», reflexionó, «yo soy el otro y también carne de risas, de aplausos. Las burlas son para mí, aunque yo haya cortado esa cabeza. El mendigo que nace cuando mutilo a otro caballero, soy yo».
Comenzó a retroceder, a esquivar los golpes de espada. Huyó del combate. Los gritos no tardaron: "¡Cobarde!, ¡cobarde!" La corte casadera del rey Arturo esputaba hacia el caballero de las armas bermejas. Las damas buscaban a sus futuros esposos bañados en sangre: basan la felicidad del tálamo conyugal en el número de cabezas cortadas, midiendo la virilidad por la destreza con la espada.
El de las armas bermejas vio su espada y la tiró, huyendo de los rastros de sangre que goteaban en su filo. Y soñó con una mujer que le amase en la paz, sin cuerpos mutilados o cabezas aplastadas por su querer. Los gritos y las burlas desaparecieron en cuanto el caballero inició su cabalgada hacia un territorio de paz, sin armas y sin combates para lograr a su amada. Si es que pudiera encontrarlo.lunes, 8 de diciembre de 2008
Relatos mineros
En la web de la organización ya figura el palmares, encabezado por la escritora Montserrat Garnacho Escayo, así como las obras premiadas. Aquí os dejo el enlace por si os apetece leerlos.
sábado, 24 de noviembre de 2007
El rugido
martes, 15 de mayo de 2007
Pecados capitales
Fray Casiano de Poli buscó en su celda la ventana. Tumbado en su jergón pasaban las horas y pensaba como él, el más listo de los hermanos carmelitas, había podido olvidar los maitines. Una ligera falta, aunque recordó que debía cantar ese benedictino que peregrinaba a Santiago y sintió una profunda envida hacia esa voz melodiosa. Tanta que se levantó con ira y notó como el Pecado luchaba por apoderarse de él. Se serenó, recordó las buenas comidas que siempre le habían ofrecido los hermanos benedictinos, almuerzos hasta reventar, hasta caer en la gula para después ir a confesarse... Y entonces también recordó a esas jóvenes que en ocasiones le conducían al pecado solitario y sufrió porque, de tener más dinero, de tener mucho dinero, no se hubiese ordenado fraile y Dios gobernaría su vida de otra manera.
Un sudor frío recorrió su rostro.
“Señor, haz que sea digno en mi naturaleza pecadora de tus dones y de tu amor”.Y, entonces, oró dando gracias a Dios por su humanidad pecadora y mortal.


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