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| Photo by Clay Banks on Unsplash
Entre las cosas buenas que ha traído esta cuarentena es que hemos encontrado nuevas manera de decir: Te quiero.
Tal vez la más evidente es: quédate en casa. Muchos no lo pensamos, pero es una forma de hacerlo. Como lo hacía esta mañana la cajera del supermercado empeñada en que mantuviésemos la distancia de seguridad y preguntaba a los mayores si no contaban con apoyos para no salir de casa.
Pero hay más formas de decir te quiero. Muy usada es ese: ¿Cómo estáis? o la variante ¿Estáis todos bien? Con ella empiezan mensajes de was,llamadas a amigos que hace tiempo que no veías.
Otra forma es esa, la llamada a esa amiga con la que tenías un café pendiente, el ánimo y el consuelo, la preocupación por el enfermo, el ofrecimiento al vecino. El aplauso en el balcón, la joven que ofrece su talento en Instagram, el músico que sale a la ventana y nos recuerda que no podemos renunciar a la belleza.
Son muchas las formas de decir te quiero.
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martes, 24 de marzo de 2020
DUC (y X). Nuevas formas de decir: te quiero.
lunes, 23 de marzo de 2020
30 de febrero
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| Photo by Emiliana Hall on Unsplash |
30 DE FEBRERO
Sin contar las misteriosas desapariciones ocasionales del
29 de febrero
cada año nos roban
un día de amor.
Cuando era joven no importaba,
incluso sin él
había bastantes sábados y miércoles.
Pero hoy para mí es importante cada día
en el que puedo mirarte.
Nuestro feudo
que se extendía en los cincuenta años del futuro
se ha reducido a una pequeña granja
(1976)
Seix Barral, Barcelona, 2017
DUC (y IX). Hoy, pan doble
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| Photo by Victoria Shes on Unsplash
Soy biznieto de panaderas, nieto de panaderas y mi madre también trabajó en un despacho de pan del Chato, en plaza. Durante muchos años, había una expresión especialmente feliz para mi familia: "Hoy toca pan doble". Se ponía el anuncio en el puesto y cuando un cliente se llevaba su habitual barra pequeña se le recordaba: "Hay pan doble". Y mantenía su pedido o reclamaba más.
Pan doble era la víspera de un festivo, de un encuentro familiar. Y, en la tienda, se advertía porque, al día siguiente el puesto estaría cerrado. Pan doble tocaba en las Navidades, en Semana Santa (Viernes Santo y antes del Domingo de Pascua) y los domingos. Conseguir el pan doble para los domingos no fue sencillo y obligó a muchas luchas.
Cuando las primeras tiendas comenzaron a vender pan los domingos, mi tía Berta nunca comía el pan del día. Siempre pedía el pan del sábado, aunque estuviese más duro. "Nos costó mucho descansar los domingos para comer hoy pan del día", nos explicaba cuando le ofrecíamos el pan del día. No recuerdo si en algún momento claudicó, aunque lo dudo, era todo un carácter.
Todo esto viene a cuento porque ayer tocó pan doble. Se había acabado y tocaba salir. Aunque sólo necesitábamos una barra, llevé dos. Toca pan doble, por nosotros, para seguir luchando, para vencer al virus.
Ya lo saben: toca pan doble y aplaudir a las ocho.
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domingo, 22 de marzo de 2020
DUC (y VIII). Siempre hay luz en el camino
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| ArcelorMittal desde La Calzada; 21 de marzo de 2020 |
Vivo a las fueras de Gijón y, desde hace unas semanas, la antorcha de las baterías de cok tiñe la noche de nuevos colores, aunque no son desconocidos para uno de Avilés. Allí estaban, quemando gas a todo quemar mientras aplaudíamos a los sanitarios, al personal de limpieza, a la policía, a nosotros para animarnos.
Y ahí estaba la luz, la antorcha como si nos quisiera guiar; el fuego de baterías con el esfuerzo de tantos trabajadores que también viven estos días de angustia; la luz que nos dice que habrá un final, que todo esto pasará y lo recodaremos como algo que cambió nuestra vida para siempre.
Hoy volveremos a aplaudir.
sábado, 21 de marzo de 2020
Visita a Le PanPan
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| Photo by Dolo Iglesias on Unsplash |
Siempre se ha me ha dado bien la soledad,
Incluso aquí, en esta ciudad extraña,
Donde no conozco los distritos
y me pierdo por sus anchas avenidas.
¿Qué hacen aquellos jóvenes allí,
en Le Panpan?
Resguardarte para ver lo que no ves,
Para esperar esa cita que no llega
Para fundirte con la suave música de jazz
y acariciarlos como la ciudad te invade.
DUC (y VII). La compra desoladora.
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| Photo by Markus Spiske on Unsplash
Lo más duro del confinamiento no es permanecer en casa, no. Lo peor me está resultando ir de compras. Me angustia. Desde el primer momento, cuando empiezo a preparar el protocolo de prevención, sabiendo que por muchos guantes y desinfectante que lleve habrá algún momento de hipotéticos contagios cruzados. Es inevitable.
Sales a la calle, coges el coche y te vas a la cola. ¡¡Una cola para comprar!! Lo había leído, lo había visto en documentales sobre las dictaduras comunistas y aquí me lo encuentro, lo vivo. Sigue la angustia. Y la cantidad de gente mayor que encuentras por la calle. En mi comunidad nos hemos ofrecido todos para apoyarnos, pero veo que hay gente que no tiene esa suerte. O que se emperran en salir.
Entras en el supermercado y la angustia sigue. Ves a los trabajadores protegidos, con sus mascarillas y guantes. Y piensas en su angustia, que puede ser la tuya cuando te toca abandonar el búnker, sólo que ellos lo hacen a diario. Es duro no saber si regresas a casa con el virus, desconociendo si la mampara de protección servirá o no. ¿Vivirán con sus padres, tendrán enfermos en el hospital y no pueden ir a verlos?
Recorres la tienda y, aunque está abastecida, no faltan algunos lineales vacíos. Se reponen, no paran los camiones y les das gracias por ello. Pero no poder llevar lejía densa te genera la duda de si tendremos recursos para alcanzar la victoria.
Caminas por el supermercado y lees las pegatinas en el suelo recordando la distancia de seguridad. Muchos las respetan; otros no. En la carnicería, le indican a una señora que mantenga la distancia de seguridad, como indica el suelo. "No sé leer", dice y por su tono y la incapacidad de saber que su número (el 80) es el turno ("tengo un ocho y un cero") piensas que igual es verdad, que es semi analfabeta y alimentas la angustia.
Que no cesa en la cola y miras el móvil y te das cuenta de que ya inicias los contagios cruzados...
Sí, es lo más angustioso. Ya en casa, en el búnker, das cuenta a Costilla de que has hecho la compra y que durante los próximos tres o cuatro días, salvo por el pan fresco, no habrá que salir. Y estás tranquilo, y ahí, en esa tranquilidad es cuando lloras y hablas: "Es desalentador salir, ver la gente que pasa de todo y los que se preguntan; la angustia de vivir un estado de guerra".
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viernes, 20 de marzo de 2020
Van feroces y hermosos los jóvenes
Photo by Cesar Carlevarino Aragon on Unsplash
Van feroces y hermosos los jóvenes por el país,
son manadas enteras de chicos recién liberados,
para ellos no significan nada mis colinas de los gorriones,
mi paseo de Wilson, mis alejandrinos.
Yo mismo me uniría a su manada,
a su demolición de un mundo antiguo.
Tal vez les enseñaría algo a los jóvenes
y tal vez me enseñarían algo a mí
(1970)
Seix Barral, Barcelona, 2017
DUC (y VI). Día del padre
| Cabo Peñas, atardecer; 2015 |
San José marca el inicio de la primavera y por estas fechas rompemos el confinamiento invernal. Visita a la Santina y primeras escapadas de fin de semana, si nos apetece. No son grandes desplazamientos, pero son grandes viajes ya que los hacemos en familia. Descubrimos juntos paisajes inesperados, compartimos el tiempo, disfrutamos de la vida.
Este año San José ha sido diferente. Costillina cambió su tarjeta de papel por un power point con tetrabites de amor y su habilidad para las nuevas tecnologías. Como soy el padre, sé que me permiten la expresión. No faltaron los regalos. El viaje fue en la cinta de andar, resolver temas pendientes del trabajo, ver la televisión.
Fue un San José diferente. Pero fue muy parecido. Estábamos en familia, amándonos y dando gracias a Dios por tenernos en estos días.
jueves, 19 de marzo de 2020
DUC (y V). Tampoco es para tanto.
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| Photo by Jon Tyson on Unsplash
Es mi primer día de confinamiento. No, no estoy chiflado ni terminé de chiflar. Y, de seguir un orden, esta sería la entrada correspondiente al día 18 de marzo de 2020. Lo que para muchos sería el cuarto día de reclusión: domingo, lunes, martes y miércoles. Tampoco he estado vulnerando el orden establecido ni el decreto de alarma.
Pero me explico.
El domingo salí a por el pan; el lunes me correspondió hacer la compra; el martes regresé a por el pan... Y el miércoles, el miércoles nada. Todo el día en casa. ¿Resultó duro? No, soy un tipo casero, disfruto en mi castillo y, además, tampoco es para tanto.
Hagamos un sencillo cálculo.
Una hora son sesenta minutos y un día son 1.440 minutos, uno detrás de otro. O sea, que, salvo error, por delante tengo, tenemos, que llenar 21.600 euros.
Pero tampoco es para tanto.
Vamos a ver. Hay que dormir. Ocho horas aconsejan, algunos incluso podemos dormir más. Pero que me quedo en las ocho horas.. Así que hablamos de 7.200 minutos ocupados.
Quedan pendientes 14.400 minutos. Pero habrá que dedicar un tiempo a la higiene personal: ducharse, lavarse los dientes, afeitarse, cagar (y la gente caga mucho, ya saben lo que digo). Aquí he hecho una propuesta conversadora y planteo unos 900 minutos. ya baja a 13.500 minutos.
Pero no estamos de vacaciones. Hay que trabajar. Vamos a pensar que en estos quince días hay que trabajar diez días. Estaríamos en 4.800 minutos, con una jornada de ocho horas y pensando que no hay desplazamientos por eso del teletrabajo. A ver el excel: 8.700 minutos. ¡¡¡Y aún no tuve un segundo para mí!!
La compra. Hay que comprar. Estimar el tiempo aquí es más complicado. No se debe ir todos los días, pero habrá más colas... Con mi experiencia hasta el momento reservo 450 minutos para las intendencia. Y luego están las tareas domésticas. Algo habrá que hacer, aunque sea limpiar y volver a limpiar sobre lo limpiado. Y hacer algo de ejercicio... Resto, resto, resto y ya estoy en 7.170 minutos. O sea que me quedan cinco días para leer, escribir, ver películas y escuchar música.
¡¡Se me va a hacer corto el confinamiento!!
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miércoles, 18 de marzo de 2020
Adiós al Círculo de lectores
En enero, llegaba la noticia de la decisión de Planeta de cerrar el Círculo de Lectores. El mundo de la empresa es así de duro. Sólo entiende de beneficios, de resultados, de objetivos.
Como tantos, soy de esos españoles para los que el Círculo de Lectores es parte de su vida. La revista llegaba periódicamente a mi casa y, durante muchos años, en ella los únicos libros que no eran del Círculo sólo entraban en Navidades y cumpleaños.
Recorro estos días de confinamiento mi biblioteca y el Círculo se encuentra en muchos estantes. En obras mayúsculas y literatura de entretenimiento; en libros que se deben olvidar y en otros que son inolvidables.
Agentes, editores; horas mirando la revista y el placer de la espera.
No quiero cuestionar la decisión de Planeta, ellos sabrán sus motivos. Tan sólo quiero dar las gracias a toda la familia que formó el Círculo de Lectores por tantos buenos momentos de lectura.
DUC (y IV). El cañón y las horas.
De todas las secuencias de Mary Poppins una de las que siempre me ha parecido más extraña es la del Capitán Banks, ese tipo que tiene en su azotea el puente de mando de un barco y marca la hora a cañonazos.
Un tipo extraño sí. Todos los que hemos visto Mary Poppins sabemos que el resto de la película no es un ejemplo de realismo, pero sus escenas tienen una lógica, son coherentes con la historia. De eso mi extrañeza con el Capitán Banks y su relación con el barrio.
Hasta que llegó el confinamiento. Y lo entendí todo. Así que apunté una nueva cosa en la lista de ventajas del confinamiento: entender el sentido del Capitán Banks y sus cañonazos. Si siguen leyendo, se lo explicaré.
¿Quién es el Capitán Banks? Un marino de prestigio, apreciado por sus vecinos, incluso querido. En el ocaso de su vida, tan sólo le queda un recuerdo de su pasado glorioso: los cañonazos. Estamos en Mary Poppins y esas cosas se asumen. El cañonazo es el sentido de la vida de Banks, lo que permite que él y su fiel ayudante estén en pie y no se hundan, sigan día a día.
¿Saben ya por dónde voy?
Supongo que sí. Nuestros cañonazos son los de las ocho de la tarde, cuando salimos a aplaudir a tanta gente, a aplaudirnos a nosotros; a darnos sentido y fuerza; a entender el confinamiento. Costillina lo disfruta especialmente con la cacerola y la cuchara. Yo soy más de palmas. El aplauso de las ocho es también un elemento para la disciplina. Al menos sé de un padre (no fue el de Costillina) que castigó a su hijo a no salir a aplaudir.
Así que no nos quiten los aplausos, la cita de las ocho. Nos da alegría y sentido; nos mantiene con fuerza.
Aunque tengan cuidado con los cañonazos, no vaya a ser que ataquen a la fantasía.
martes, 17 de marzo de 2020
Diario de un confinamiento (y III). Sentimientos encontrados.
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| Photo by Ali Yahya on Unsplash
Todos conocen eso de: tengo dos noticias, ¿primero la buena o la mala? No es igual o parecido. Te toca ir a la compra. ¿Por ser el prescindible de la familia o el que tiene recursos para superar lo que pueda pasar? Prefiero no preguntar y lo cierto es que el pan de ayer comienza a estar duro, se acabaron los pasteles y tengo un halógeno fundido en la cocina. Los abuelos también necesitan suministro.
Así que no preguntas. Coges el kit de supervivencia, repasas el video sobre la manera de quitarse los guantes y a la calle.
Voy a mi supermercado habitual. Al llegar, me extraña la gente que opta por evitar el soportal para la cola y prefiere el descubierto, con uno de esos cielos negros que en Asturias sabemos que anuncian agua. Le pregunto al vigilante jurado. ¿No sería mejor estar a cubierto, podemos cambiarnos por orden? Ya, pero se pusieron así. Hablamos a metro y medio de distancia. Nos quedan unos días sin confidencias más allá del hogar, sin medias palabras, de gritos y voz en alto. Así que voy a mi lugar. Desde él veo a la encargada hablar con el guarda de seguridad, señalar y, al rato, el chico nos pide que, por orden, vayamos bajo cubierto. Todo el mundo acata la indicación. Yo también, pero dudo si en denunciar lo sucedido a Sanidad (hablaron a menos de medio metro de distancia) o a Igualdad (es un evidente caso de sexismo: mis indicaciones, de un hombre, no fueron atendidas; pero sí las de una mujer).
Entro en el supermercado. Fulanito va sin guantes tocando todo. En algunos puntos, eso de la distancia de seguridad se respeta menos que en la carretera y, en la cola, los hay quienes la aprovechan para avanzar puestos hacia la caja; señoras mayores, ancianas haciendo la compra.
Conozco a la cajera. "Voy a terminar matando a alguien". Fuera veo a una abuela llevando a su nieto a la compra.
Comienzo a dudar de esa afirmación de que el hombre sea un ser inteligente.
De regreso a casa observo tertulias, ancianos por la calle, gente paseando.
No, no somos inteligentes.
Una vecina logra que sus hijos bajen del techo después de media hora. Costillina y Costilla resisten bien el asedio de la ansiedad.
En tuiter encuentro a cientos de médicos que se ofrecen a aconsejar; grupos que se organizan para construir ventiladores mecánicos, organizaciones de solidaridad.
Concluye la jornada con la duda sobre si la definición exacta de la humanidad tendrá que ver más con la contradicción que con la inteligencia o la imbecilidad.
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lunes, 16 de marzo de 2020
Diario de un confinamiento (y II). Pedrito no avisa.
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| Photo by Khachik Simonian on Unsplash |
Amaneció el domingo soleado, así que el plan era claro: último paseo familiar antes del confinamiento. Llegaríamos hasta la playa de El Arbeyal para ver la mar y despedirnos de él antes de regresar al búnker. Al pensarlo, lloro de emoción.
Y en eso estamos, ya los tres vestidos para salir cuando Costilla mira por la ventana de la cocina y alerta: "No veo a nadie por la calle, muy extraño". Inmediatamente, entramos en los digitales. La información de los medios nacionales no destaca por su claridad. Así que recurro al BOE sin dudarlo. La redacción es clara: las medidas empezarán con su publicación. Y está publicado, joder, Pedrito no avisa. No, matizo. Avisa el viernes de que el sábado declarará el estado de alarma para el sábado decir que será desde el lunes para luego decretar que es desde el domingo. Sí, al final de su comparencia lo dijo, pero yo no llegué ahí.
Regreso al BOE. Después de leerlo, los tres miramos por la ventana antes de que Costilla sentenciase: "No podemos salir". A mi me adjudican el papel de Robert Neville y me toca ir por pan, empanada y, de paso, cargo bollería para el desayunar el lunes. Si vamos a morir por el encierro, por lo menos que disfrutemos del hojaldre.
Por la calle, apenas hay gente. A la entrada de la panadería, tres personas nos distribuimos en cinco metros. Me sorprende el civismo de mis convecinos. Esto no parece España. Y desde luego que no lo es. El cuarto ya se pasa por el forro las distancias de seguridad y al sexto le falta un pelo para abrazarnos.
Tarde de teletrabajo. Costilla no para de inventar juegos para Costillina. Y ella para nosotros. "Papi, te puedes inventar un cuento con las palabras chapa, libro y valla; y que salgan los animales pavo real, vaca rosa con manchas amarillas y llama o alpaca, que no son iguales pero se parecen". Sí, hija, sí; otra cosa es lo que salga (mejor no pregunten). Para compensar, empezamos a leer Maus. Algunos dirán que no es un libro para una niña de nueve años. Pero tampoco un confinamiento lo es.
De noche, mientras me quedo dormido, tan sólo puedo dar gracias a Dios por las dos mujeres que me acompañan en estos días. Desde luego que aciertan al mandarme a por víveres. Soy el que menos vale del equipo.
domingo, 15 de marzo de 2020
Diario de un confinamiento, I
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| Photo by Jan Kahánek on Unsplash
Mira que he soñado cosas en mi vida. Soné que Scarlett Johansson visitaba mi ciudad (lo que sucedió) para verme (lo que no sucedió); con ganar el Premio Nobel (que no sucederá) o vivir con una mujer ideal, lo que sucede; no imaginé que iba a caer el Muro de Berlín y lo vi y nunca pensé que un día se iba a declarar el estado de emergencia y quedar confinado en mi casa durante quince días, como mínimo.
Y ha sucedido. Aquí y ahora. Está pasando, es real. Costilla y Costillina me llevan ventaja porque ellas empezaron el viernes. Yo el sábado. El teletrabajo lo hace posible pero para todos, para un país tan social como España estar confinado parece una pesadilla. Y lo es. Incluso para los que somos caseros; los que podemos pasar un fin de semana felices en pijama.
¿Dónde está la diferencia? En la libertad. Cuando estoy un fin de semana en pijama, es por mi voluntad. Veo el paisaje y si quiero salir, salgo. Pero ahora no. Toca quedarse en casa.
Y toca hacerlo por nosotros y, sobre todo, para proteger a los débiles, a los que más van a padecer con esta enfermedad.
Ahora es el momento de estar todos juntos, de unirnos y superar esta crisis. Luego llegará el momento de pedir explicaciones y reprochar lo que sea reprochable. Pero ahora hay que superar.
Esta bitácora lleva por los mundos interneteros desde 2006. Es bastante tiempo. Sin disfrutar de grandes audiencias, pero aportando algo (o al menos eso espero).
Y ahora toca seguir alimentando. Generar eso que los horteras llaman contenidos, aportar algo para el que se aburra navegando pueda entretenerse y hacer más liviana la espera, el momento en que nos digan: se acabo el confinamiento. Volvéis a ser libres. ¿Lo imagináis? Yo sí, y será maravilloso.
Pero hasta que llegue ese momento, toca escribir el inevitable diario del confinamiento. Uno más, posiblemente habrá treinta o cuarenta millones de diarios circulando por Internet. Uno más no se notará en exceso.
Mi primer día me ha permitido descubrir el teletrabajo. Es, sin lugar a duda, una moderna forma de tortura. Sufres los problemas técnicos del trabajo, pero ahora tú eres el responsable. Se cae la wifi y no tienes servicio técnico al que llamar, el jefe presiona igual que en la redacción; pero no tienes el Frenchy de trinchera ni el compañero con el que bromear. Sí, el espacio es más cómodo. Mi mesa de teletrabajo dobla ampliamente mi puesto en la redacción y, si cuento los papeles por el suelo (sí, me encanta poner papeles por el suelo y hacer montoncitos con ellos) es el triple. Y poco más.
No negaré que es mucho más agradable el ruido de fondo de Costilla y Costillina, pero el teletrabajo... Ufff, no termina por convencerme. Me quedan quince días por delante.
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jueves, 20 de febrero de 2020
Cargo mi pipa
Soy muy reacio a todo eso de los días internacionales, pero, tal vez por eso (¡¡benditas contradicciones!!) existen unos cuantos días internacionales que celebro, como hoy: el Día Internacional de Fumar en Pipa (IDSP, si no me equivoco por sus siglas en inglés).
He leído que se viene celebrando desde 2008, es decir, que es una fiesta reciente, sin que se conozcan muy bien las causas de la celebración.
La historia de la pipa es tan antigua como reciente, no es contradictorio porque como evidencia este artículo al tiempo que se piensa que en el neolítico ya se fumaba, no es menos cierto que Alfred Dunhill patentó su primera pipa en 1904 y el brezo comenzó a utilizarse en el siglo XIX, cien años después de que se popularizase la espuma de mar como material.
Pero, a lo que voy. Es el Día Internacional de la Pipa, así que, como fumador discreto que soy, me toca celebrarlo.
Llevo muchos años fumando en pipa, más o menos desde 1990 y, aunque he tenido temporadas en las que no he fumado nada, siempre han estado ahí.
No es fácil fumar en pipa; no me refiero a la técnica, que se termina aprendiendo. No es sencillo encontrar el tiempo que necesita la pipa, la calma de cargarla, apretar, encender y respirar. La pipa se disfruta, se goza; la pipa es estar sentado y charlando; es pasear y sentarse a ver el paisaje, es leer y escribir, es cultura y humanidad. La pipa es calma y relax. Fumar en pipa te invita a disfrutar de la vida, a a saborearla. Uno termina su pipa y durante un buen rato sigue recordando el sabor, los olores, las sensaciones...
Mis pipas, mis queridas pipas, la cantidad de recuerdos y buenos momentos que os debo.
En fin, que llega el momento de la celebración.
Me acerco a mi pipa y comienzo a cargarla...
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