domingo, 24 de febrero de 2008

La paradoja del castor


Hace trescientos años, el castor desapareció en España. Los últimos ejemplares murieron en una de esas tragedias silenciosas que marcan la evolución humana. Aún recuerdo esas citas que estudiábamos en el colegio donde se decía que un ave podía viajar del norte al sur de España posándose en la copa de todos los árboles.
Ahora, el castor ha regresado a España. Lo leí hace meses en El País. El castor se creía en granjas especializadas para aprovechar su piel y la explotación de grasas del animal. En La Rioja y Navarra, varios de esos animales lograron escapar y reproducirse en la naturaleza, retomar los ríos y valles que ocuparon sus abuelos, donde, tal vez, nacieron las camadas que, con el tiempo, permitieron que ellos llegasen al mundo.
Y allí, salvajes y disfrutando de la naturaleza se encuentran con que son ilegales. Las normas autonómicas no contemplan que los castores ocupen los ríos. Son considerados una especie invasora, aunque ocupen las riberas de sus ancestros. La polémica surge: los gobiernos autonómicos se preparan para exterminarlos. Los grupos ecologistas ponen el grito en el cielo porque se trata de una reintroducción, involuntaria, pero reintroducción del animal en el entorno.
Y yo no sé quien tendrá razón ni que será lo mejor. Escribo esta historia porque en nuestra vida, ¿cuantas veces caemos en paradojas semejantes? ¿A cuantos lugares a los que pensábamos no volver regresamos? ¿A cuantas personas con las que no pensábamos volver a hablar, llamamos? Visitamos un paisaje que creíamos olvidado y, de repente, lo hacemos nuestro, aunque nos quieran expulsar de allí. Hoy estamos aquí y mañana no sabemos donde.
Y tan sólo existe un lugar sin leyes autonómicas, sin reglamentos ni rencor, donde, al regresar después de tanto tiempo, sabes que te recibirán con Alegría y Amor, con Perdón y Agua de Vida.

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