miércoles, 11 de abril de 2007

Tócala otra vez, Joshua

Me enteré de la historia por La Voz de Avilés, aunque imagino que fue noticia en todos los medios. The Washington Post convenció a Joshua Bell, uno de los violinistas más importantes del momento, para que ofreciese un concierto con su Stradivarius, a la entrada del metro en una hora punta. Y allá se puso, tapando su cara con un visera para no ser reconocido e interpretando a música sublime. Salvo dos personas, que, además, depositaron generosas propinas, todo el mundo pasó de largo ajeno a la belleza del momento.
A pesar de esa anécdota, el periódico americano se ha lanzado a reflexiones filosóficas sobe la belleza cuando creo que, antes que nada, debería reflexionar sobre los momentos para la belleza. Es una experiencia constatable por todos que no siempre estamos preparados para la misma actividad intelectual ni los mismos retos. Hay momentos en la que el cuerpo nos pide una película fácil y en otras tardes podemos dedicarlas a ver películas de Dreyer sin problemas. A una hora punta, con todo el mundo pensando en el trabajo, en lo que debía hacer, pocos debían tener neuronas libres para dejarse seducir por Bach y la magia de Bell, que ayer recibía un premio como mejor solista de música clásica en Estados Unidos. Es trágico, pero un combate entre belleza y la necesidad de sobrevivir, de ir a trabajar para poder pagarse luego un cd con las mismas piezas que ayer ofrecía Bell, gana la supervivencia. El periódico ha planteado un dilema falso. Supongo que si Bell tocase en otro contexto más relajado (un parque durante un día de descanso) el resultado sería diferente.

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