jueves, 4 de septiembre de 2008

Las heridas del tiempo

Se equivoca, una vez más, Mariano Rajoy cuando declara que desenterrar los desaparecidos y muertos en fosas comunes de la Guerra Civil es abrir las heridas del tiempo. No, no se abre ninguna herida; en todo caso se contribuye a cerrarla, a dar a nuestro presente humanidad para poder enterrar a los que se fueron. Iniciar juicios políticos sería un error pero no debe ser esa la intención de Baltasar Garzón. De hacerlo, se habría convertido en un heredero ideológico del franquismo, que trató de apoderarse de un parte de España y excluir a todo el que no pensaba como él. Después de cuarenta años de paz y ciencia ya no necesitamos más salvapatrias. La grandeza de nuestra democracia es que después de una salvajada como la que se vivió en la década de los 30, los españoles se comprometieron a que España sería de todos, no de unos pocos.
El miércoles La Voz de Avilés aportaba datos de un estudio de la Universidad de Oviedo sobre las víctimas de la Guerra Civil en Asturias:
  • Fallecidos en combate: 12.000 personas.
  • Víctimas civiles (bombardeos, balas perdidas): 1.000 personas.
  • Represión republicana: 1.900 personas.
  • Represión franquista: 6.700 personas.
De muchas de esas personas, sus familias saben su tumba, el lugar donde honrar su memoria, de respetar la dignidad de los muertos. De otros no, tan sólo lo sucedido. En la Guerra hubo vencedores y vencidos, aunque, insisto, todos fuimos derrotados. No se trata de enjuiciar, sino de cerrar el dolor de muchos. Aún sabiendo que, bastantes, jamás tendrán una tumba donde descansar. Pienso, por ejemplo, en el padre jesuita Gregorio Ruiz, que, a sus 23 años, fue atado a una piedra y tirado a la bahía de Santander por enseñar Latín en el Seminario de Comillas y no renegar de Dios. Es una historia y, para nuestro dolor, sabemos que existe un amplio abanico donde escoger. En su bitácora, Manuel Colero da cuenta de otro relato terrible. Y...
El error, el único error de todo esto, es que el origen sea una investigación judicial. Esta misión debe atender a todos los españoles, con independencia del bando en el que militaron. Y debe enfocarse desde el Parlamento, representación democrática de todo el pueblo, con una comisión con los suficientes recursos económicos para rescatar la memoria de las víctimas de la violencia y el odio. A, ellos podrán descansar en paz y nosotros aprender la lección de que el odio y el fanatismo sólo nos conducen a un callejón sin salida.

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