viernes, 23 de marzo de 2012

El pecado del diseño




El diseño es necesario. No será uno quien cargue contra los diseñadores, cuyo trabajo consiste en mejorar la utilidad de las cosas que usamos y dotar de belleza a nuestro entorno. Y habría muchas cosas que escribir sobre la belleza, pero la mayoría, creo, optamos por vivir entre la belleza.

Pero el diseño también tiene sus pecados. Es una virtud, cuyo exceso es malo. Igual que el comer deriva en el placer gastronómico y termina cayendo en la gula.
El pecado del diseño puede afectar a generaciones enteras, a colectivos o autores concretos. Como siempre sucede, con el pecado va la penitencia. La primera la económica, pues los objetos de diseño suelen ser más caros que los que carecen de ese apellido.
Así, en una institución pública de cuyo nombre no quiero acordarme, encontré este objeto que reproduzco a continuación.


Era, y sigue siéndolo, algo peculiar, cuya finalidad no alcanza a comprender. Se encontraba cerca de la puerta, pero era demasiado grande para sujetarla. No lo sé, hasta que me fijé en la cartulina pegada con celo que despejaba todas las dudas. Foto número dos: 



Ahí está, sin diéresis para que el pecado fuese completo y la vergüenza plena para un autor que necesita cartulina y celo, tal vez de diseño, para que se comprenda su obra.

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