viernes, 18 de febrero de 2011

El caso Vigalondo

Febrero nos ha dejado un episodio sorprendente con esto de las nuevas tecnologías, el que podemos llamar caso Vigalondo. En su twitter, el humorista escribió dos frases que alcanzaron una gran difusión: "El holocausto no existió" y "la bala mágica que mató a Kennedy aún no ha caído al suelo". Si buscan por Internet, seguro que las encuentran con más precisión. A partir de ellas, sobre todo la primera, se montó un gran debate, incluyendo la supresión de la campaña de publicidad que Vigalondo protagonizaba para El País
Me gusta describir esta situación como caso Vigalondo por algunas de las conclusiones que se pueden extraer de él. La primera es la dificultad inherente a estos nuevos medios de comunicación, sobre todo Twitter. Porque los códigos de lectura de una bitácora, incluso de facebook, son similares a los que ya conocemos. Sin embargo, Twitter es algo totalmente nuevo: mensajes de 140 carácteres y descontextualizados. Material inflamable, que se podría decir. Porque Vigalondo podría escribir la primera de las frases en una bitácora y, por ejemplo, marcar una etiqueta: "humor" o "tonterías que dicen los fascistas". De esa manera, su mensaje se hubiese entendido mucho mejor. Pero, las normas de Twitter son totalmente diferentes. Las vamos conociendo sobre la marcha, a medida que "hablamos" en ese canal... Y, hasta que se asuman todos esos códigos por la comunidad que participa en ese canal pasará un tiempo y habrá deslices.
La segunda reflexión que me vino fue el miedo que existe a la libertad, un miedo cada vez mayor en la sociedad actual. A raíz de la polémica surgieron las voces críticas y los defensores de Vigalondo. Estos, comenzando por el propio autor de las frases, apelaban a la libertad y bramaban contra la censura que veían tras las críticas. 
Uno, sin embargo no piensa que haya censura tras esos comentarios adversos. La censura implica la difusión del mensaje y, si algo hubo, fue difusión. Ahora bien, el ejercicio de la libertad implica una responsabilidad a lo que decimos. Si vamos a ser tan listos de escribir lo que nos apetezca, lo mínimo es tener las espaldas anchas para aguantar los palos que nos caerán. Lo escribo yo, que ya tengo unas cuantas heridas cerradas. No hay que tener miedo a expresarse con libertad y asumir esas consecuencias. 
Otra cosa es lamentarse de que muchas personas confundan la libertad de expresión con la libertad de elogio, un mal de nuestro tiempo.

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