martes, 6 de julio de 2010

No me gusta el burka, pero no me gusta prohibir el burka

No me gusta el burka. La primera vez que lo ví, me impresionó ese bulto negro que oculta lo que lleva y le concede una visible invisibilidad, oculta ante la sociedad a una persona al tiempo que se subraya que no es una persona, sino un objeto con un propietario que lo guía y ordena.
No me gusta el burka, pero tampoco me gusta que se prohíba. Estamos prohibiendo un símbolo religioso y cultural. Cuando lo vetamos, aceptamos la misma lógica que impide que yo lleve un crucifijo en Arabia Saudita, pues va contra sus creencias y culturas. Convertimos un valor humano en un sujeto de la dictadura del número implícita en todas las democracias. Y uno piensa que en esta vida hay valores que están por encima de los números y las mayorías. Hoy prohibimos el burka y, mañana, ¿qué?
No me gusta prohibir. Y más cuando existen normas en nuestro país que establecen el marco de convivencia. Para realizar la fotografía del Documento Nacional de Identidad hay que identificarse perfectamente. Y eso sirve para todo el mundo, sin distinción de raza, religión o cultura. Y, a requerimiento de las autoridades, hay que poder identificarse. Sin ningún tipo de discriminación.
Son las normas del juego, normas válidas para todos. Y, si alguna persona no las quiere, ya sabe, que cambie de equipo. O que las respete y acate mientras genera un consenso necesario para modificarlas.

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