domingo, 15 de noviembre de 2009

Omeros, capítulo XXX, II

II




Como cartas marinas en pergamino, con una alada cabeza en cada esquina
soltando a chorro encrespadas ráfagas propicias, con los carrillos
como cornetas, hasta que el velamen se abulta mientras el casco pasa


serios apuros por mares enrollados como dragones de ornamentados
nudos, así también las recias rachas favorecían la vela, hasta podría
haber gritado de contento, pero el compañero lo habría oído.


Éste era el grito sobre el gira toda odisea, ese grito
silencioso a la vista de un arrecife o de un pájaro conocido;
no el clamor de la batalla, ni la enredada trama de un arte


de pesca, sino cuando el tumbo de la ola rima con la tumba de uno,
un laúd con un ataúd, una vez que el paralelo
ha sido traspuesto y anula la línea entre el amo y el esclavo.


Luego, un remo levantado es más enérgico que la atajante mano
del César de mármol; y un esquife ligero, más veloz que sus galeras
cuando bogan con delicia al ras de las augas.


Y voy de regreso a casa con él, Homeros, mi negro,
mi capitán, ¡con su coraza estallando de dicha!
Que los delfines como escoltas lo acompañen ahora
más allá del Barrel of Beef, porque puedo ver los blancos
balcones del hotel inclinándose con la proa,
y, bajo su talón, la carga de plata de la albacora.
 

Omeros, Derek Walcott, Versión de José Luis Rivas.
Círculo de Lectores, Barcelona, 1995.


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