domingo, 26 de octubre de 2008

La angustia de Zapatero

Escucho en Radio Nacional de España un parlamento de nuestro presidente José Luis Rodríguez Zapatero en el que insiste en su petición de que España debe estar en la cumbre del G-20 que abordará la crisis actual y la refundación del capitalismo. Se le nota angustiado por no aparecer en tal cita histórica. Pero, para nuestra desgracia, España es lo que es. No damos más en estos momentos. Apenas aportamos nada a la economía mundial, no exportamos materias primas ni el talento de nuestros dirigentes sorprende. Más bien su ausencia. Como español, preferiría la presencia de Álvaro Cuervo o Xavier Sala i Martín para reorganizar el juego. La magnitud del problema y la necesidad de encontrar soluciones rápidas obliga a contar con un número reducido de invitados y eso nos deja fuera del pastel.
Ahora bien, ¿por qué esa angustia zapateril? Cuando repasamos su trayectoria política, vemos que nuestro presidente se ha pasado más de veinte años de su vida profesional sin tirar palo al agua. Diputado desde 1982, fue un diputado tranquilo y obediente hasta que ganó la secretaria general de su partido y, a partir de ahí, ya conocemos el resto de la historia.
En su acción de gobierno, existe una constante: la voluntad de ser recordado como un dirigente histórico por su aportación a la paz, al desarrollo de los pueblos. Así se explican el empeño personal en el proceso de paz y ese invento de la Alianza de las Civilizaciones, al que aún le queda un largo recorrido. Y también su angustia por no acudir a la cita de Nueva York. Esa cumbre sí será un momento histórico, la foto del nuevo capitalismo y todo indica que él, el gran hacedor de la concordia, nuestro hermano masón de la fraternidad universal, no acudirá. Y ahí surge la angustia, la impaciencia, la súplica...
Y, como español, más allá de lamentar que mi presidente gima por todo el mundo por una invitación, me pregunto: ¿qué precio puede llegar a pagar para estar en la cumbre?

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